Sociedad sin cuerpo

Por Ely, desde Copenhague, Dinamarca.

El año pasado empecé a trabajar unas horas en un studio de yoga, donde no me pagaban sino que me daban un acceso ilimitado a las clases. La mayoría eran de “hot yoga”, un tipo especial de yoga, que es básicamente hacer yoga en una sala a 38°C – sudas mucho, y las primeras 3-4 veces son muy muy difíciles, ya que nos estamos acostumbrados a movernos tanto en tanto calor y humedad.

Ya había hecho yoga, pero nunca así de manera tan real. Mis primeras poses las había intentado hace cinco años con un videos de Youtube cuando no se usaba tanto Youtube. Volví a hacer yoga “de verdad” hace 3 años cuando estaba estresada por los exámenes y encontré el canal de una Americana que me gustó – y así empecé: algunas semanas no hacía nada y otras no pasaba ni un día sin que hiciera mis 20 minutos de práctica. Y me gustaba, pero nunca había sido algo “real”, algo que realmente hacía… Y al llegar a Nueva Zelanda encontré lugares para probar, profesores que viajaban y que alguna mañana en hostels decidían dar una clase para los que querían… Ahí empecé a realmente amar ese momento, ese tiempo concentrándome en relajar los músculos y disfrutar el acá, el ahora.

Cuando llegué a Dinamarca, me puse a buscar lugares para seguir con mi práctica y nunca me animé… A pagar, a entrar a los estudios, por vergüenza o porque no tenían clases en inglés. Y de repente conocí a una chica que había trabajado en un estudio que siempre buscaba gente para trabajar, y no te pagaban pero te daban acceso ilimitado a las clases de los dos lugares que tenían en la ciudad. Así empezó mi práctica.

Ese acceso ilimitado me permitió descubrir, por un lado, lo que realmente era yoga y si tenían razón los infográficos en Pinterest cuando decían que sentís mucho más calma, tranquilidad y menos estrés cuando haces yoga (unas de las mil buenas razones por las cuales hacer yoga, y obviamente las mil en las que pienso son las mías, pero seguro vos podés encontrar más, más tuyas…). Me permitió tener una constante en mi práctica, me permitió mover cada día de la semana si lo quería, y me permitió sentir que lo extrañaba cuando no tenía tiempo para ir.

Y por otro lado, descubrí que tenía un cuerpo.

cuerpo body

Sí! Descubrí que tenía un cuerpo! Pero no descubrí que tenía el cuerpo que siempre siento cuando me pongo enferma y que no puedo salir de la cama. Descubrí que tenía un cuerpo que a veces se movía como mi mente quería, que a veces estaba cansado y sin ganas de colaborar… Un cuerpo que a veces amaba el calor y la humedad (léase en días fríos y nieve de invierno), y que a veces prefería las clases frías, lentas y parecidas a masajes interiores del cuerpo que son las de yin yoga… Un cuerpo que a veces quería bailar y seguir el ritmo de la música, y músculos que a veces querían estirarse y calentarse en la inmovilidad.

Descubrí que tenía un cuerpo, que nunca realmente me habían enseñado a conocer ni escuchar. Descubrí que tenía un cuerpo que era mucho más que kilos de más y ropa que me quedaba bien o mal. Descubrí que tenía un cuerpo que sentía y vivía como siente y vive la mente… Y que lo tenía que empezar a escuchar por las buenas razones. El yoga me enseñó a apagar los feeds de Facebook e Instagram llenos de apariencias y mentes que piensan de más, robándoles sus roles a los cuerpos. El yoga me enseñó que como en una misma sociedad, necesitamos a profesores y doctores y conductores de buses, necesitamos escuchar a nuestros cuerpos, que muchas veces saben mucho más que nuestras mentes…

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