COSMETICA NATURAL I: Whangarei, Nueva Zelanda.

Empecé escribiendo este artículo pensando en contarles de todo mi camino hacia una cosmética más natural y sustentable de un solo tirón, sólo que a los tres párrafos me di cuenta que recién empezaba; es que resultó ser una historia más larga y compleja de lo que recordaba. Prácticamente una vuelta al mundo.Así que decidí dividirlo en varias partes, porque la intención del blog tiene que ver con compartir los caminos, los pequeños pasos; y si queremos ser honestas, narrar los pasos para cambiar hábitos tan arraigados, vínculos tan cotidianos y perspectivas tan naturalizadas, requieren de más que un par de párrafos.no hay prisas, mientras no haya pausas.

 

Así que vamos empezar hace dos años, en Whangarei, al norte de Nueva Zelanda.

El B&B más económico de la ciudad nos recibe,e  s septiembre y llueve para variar. Frente a la falta de planes y de wifi, pasé la tarde leyendo todas las revistas viejas que la dueña del hostel iba guardando en un estante medio escondido de la sala de estar-cocina-recepción.

Generalmente, esas son las tardes del viaje que quedan en el olvido, pero por algún motivo me topé con un artículo muy particular. En una revista de esas que no son ni tan superficiales ni tan profundas, una nota aseguraba que con lo que se gasta en cosmética en un año en el mundo, se podría alimentar a todos los niños desnutridos de África por ese mismo tiempo.

 

Punto y aparte para mí.

 

Cuando leí eso, simplemente me hizo mucho sentido, me pareció tan real y cierto que nunca me tomé la molestia de chequear si esos datos eran exactos o parte de una licencia dramática de quien lo escribía. Lo que me importaba es que aun si no fuera cierto, tranquilamente podría serlo, y eso ya me pareció lo suficientemente terrible. Me hizo caer en la cuenta que yo era parte de esas cifras gigantes, que aún con mi pequeñisima porción yo  no solo compraba cosas que no necesitaba tanto, sino que muchas veces reponía cosas que nunca se habían acabado. Y sin darme mucha cuenta, empecé por lo más simple y lo más dificil: dejé de comprar lo que no necesitaba.

 

Hasta entonces, cada vez que iba al supermercado pasaba al menos un cuarto de hora mirando los estantes de cosmética, pensando en cual de todos esos potecitos de colores contenia la solucion para mi nariz reseca, para mi cabello rizado o para la celulitis de mis piernas, cual de esos frasquitos me iba a devolver la firmeza y el brillo a toda mi piel, cual de todas esas promesas envasadas en rosados y morados iba a darme la tan deseada juventud eterna. Y así andaba, entre otras tantas, cargando frascos, frasquitos, frascotes, cremas para el pelo, para la cara, para el cuerpo, para las arrugas, para la celulitis, para los estornudos… El único problema era que el entusiasmo me duraba mucho menos que los productos, entonces ahí quedaban esas bellas soluciones mágicas, amontonándose al fondo de cajones o bolsitas o bolsotes. Y cuando llegaban las limpiezas generales, de esas en las que una tira cosas, muchas de esas promesas se iban a la basura, casi como llegaron, mientras mi pelo seguía rizado, mi nariz reseca y mis piernas cada vez  con más  celulitis.

Desde ese momento me propuse, al menos, no comprar lo mismo que ya tenía: lease usar toda la crema para el cuerpo antes de comprar otra, acabarme la crema para peinar antes de comprar acondicionadores nuevos, sacarle hasta la última gota a cada dentífrico y a cada pote de shampoo. Y así lo fui haciendo, pote a pote, frasquito a frasquito.

 

Y como me había, medio sin saberlo, comprometido a acabar cada cosa que comprara, y como gracias a cumplir con ese compromiso me había dado cuenta de cuán inútiles eran varias de las cosas que tenía, simplemente dejó de tener sentido comprar cosas que después iba a ser un sacrificio usar hasta que se acaben. Y de pasar por la sección de cosmética con la intención de dejarme seducir por nuevos inventos, pasé a saber un poquito más qué era lo que realmente disfrutaba usando… y lentamente, aparecía esta cosita de empezar a pensar también en qué era realmente lo que necesitaba y qué era lo que estaba buscando comprar cada vez que invertía en frasquitos de colores.

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