4 cambios para tu transición (suave) a una dieta sin lactosa

Por Ely, desde Copenhague, Dinamarca.

Hace unos meses, después de una semana en Italia comiendo mucha pizza, pasta y demasiados helados, me enfermé mucho, y de cierto modo sentí que tenía poco que ver con la temperatura o con los microbios del aire. Ya me había dado cuenta de que cuanto menos sana la comida, más chances tenía de enfermarme y varias veces tuve la sensación de que mis anginas estaban relacionadas con mi alimentación. Pero esta vez, después de Italia, decidí hablarle a mi doctor y pedir unos tests para averiguar mi presunción. Y ahí me enteré de que era intolerante a la lactosa.

Intolerante a la lactosa. Un montón de imágenes de comida desfilaron en mi mente en los minutos que siguieron esa noticia: pizza con mozzarella, las crêpes francesas, la manteca con miel en las tostadas de la mañana, la crema de Normandía, las montañas de variedades de quesos, un simple café con leche…

Pasaron unos meses antes de que me rindiera ante la evidencia.

Trataba de elegir cuándo podía comer lácteos y cuándo no: elegía no tomar un café con leche a la mañana para poder comer torta a la tarde, o trataba de hacer salsa sin crema para poder comer pizza al día siguiente. Y de repente pensé que tenía que probar no comer nada de lácteos, y ver qué pasaba. Ahí descubrí que me sentía mucho mejor, que ya nunca me picaban los ojos (pensé que era alguna alergia a los ácaros… o al verano… o a lo que fuera, pero que obviamente no podía ser a la lactosa…); me di cuenta de que ya en un mes habían desaparecido de mi cara esos granitos que se habían mudado hace unos años, y de que algo mágicamente había bajado de peso…

Así fue, y así me resigné a probar cosas nuevas. Y ahí descubrí que la mayoría de las cosas las podía reemplazar, y que no era tan difícil como pensaba. Te dejo unos consejos por si vos también sos intolerante a la lactosa, o si te interesa pasar a una dieta vegana, o si simplemente querés probar otras cosas. Espero que te ayuden, si ayuda buscas. En todos casos, tras intentar nuevos modos de comer, aprendí que una transición es más fácil llenando vacíos que suprimiendo todo, sobre todo cuando se trata de llegar a lograr algún cambio en el largo plazo. Ahí te presento mis últimos descubrimientos:

  • El aceite de coco

En cualquier momento de duda, en cualquier antojo para manteca, el aceite de coco es tu aliado. Yo descubrí que en vez de poner manteca y miel en mis tostadas a la mañana, podía poner aceite de coco y la sensación que tenía en la boca era muy parecida. Además de buenas sensaciones, el aceite de coco está lleno de vitamina E y de buenas grasas, que son buenas para tu piel y cabello (sin embargo, como no soy nutricionista ni doctor, te dejo hacer tu propia búsqueda).

  • La leche de almendra en el café con leche

Sí, señora, haceme caso! Antes que todo, lo probé con leche de soja y no anduvo tan bien. Las substancias no se mezclaban. Por suerte, ahora vivo en Copenhague, y en esta ciudad es muy fácil pedir un café con leche vegetal (o simplemente sin lactosa, hasta en los lugares más baratos). Gracias a eso pude probar el café con leche de almendra, hecho como un café latte, y lo hace muy cremoso – hasta más cremoso que un latte con leche de vaca! Desde entonces, (casi) siempre tomo café solo o con leche de almendra, y te invito a probarlo.

No tengo foto de café con leche de almendra, pero tengo este smoothie que también está hecho sin leche…
  • Los aceites vegetales de todos tipos 

Viniendo de Francia, es muy probable que en un plato casero tenga un poquito de manteca. Si bien me desacostumbré a cocinar con manteca hace un tiempo, uno nunca puede negarse a dejarla totalmente. Para poner en la sartén con vegetales, para que los huevos se hagan “mejor”, para que la torta tenga una mejor textura, para lo que sea… En mi casa, por lo menos, la manteca nunca vino de más. Ahora encontré unos aceites supuestamente muy buenos para la salud – y muy sabrosos! – para poner en mi sartén, con mis huevos, en mis tortas, y voy probando, con lo que hay, con lo que cueste: aceite de oliva, de nuez, de almendra, de uva…

  • Kéfir

Según mis búsquedas, el kéfir no está disponible por todos lados – y puede que nunca hayas escuchado esta palabra en tu vida. Es un tipo de yogur que tiene lactosa, pero poca; y más importante, tiene probióticos, microorganismos (bacterias) que ayudan tu flor intestinal a estar bien apuesta y brillante y funcional. Otra vez, no soy ni doctora ni nutricionista, y cada cuerpo es especial. Mi cuerpo está de acuerdo con dejarme comer un poco de kefir de vez en cuando, con un poco de miel y de semillas (como linaza, girasol, chia, sésamo…), y puede que al tuyo no le guste tanto. Y por suerte existe el kéfir de agua, por si querés los probióticos pero sin la lactosa! Te dejo hacer tu propia búsqueda.

 

Ya está! Estás lista para intentar un cambio, o seguir con ello. Por algo hay que empezar, no? Lo mejor es ir probando, y sobre todo, sin suprimir, siempre reemplazando. Andá a tu ritmo con tus cambios, y como lo dice el refrán, Roma no se construyó en un día y sólo en las películas o en fotos de Instagram cualquier evolución se hace en un abrir y cerrar de ojos. Acordate de que no hay prisa, mientras no haya pausa.

Creo que lo que más tarda en cambiar es la mente. La mente parece menos flexible para aceptar que algo tiene que cambiar, sobre todo cuando una lleva toda la vida haciendo/diciendo/comiendo ese algo. 

Mucha suerte en tus aventuras!

Y si encontraste una manera de remplazar los quesos que tanto amo, avisanos en los comentarios!

P.d. Las cookies de la foto no tienen ni leche ni manteca ni huevo. 😉

Ely

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