Yoga II – (re)descubriendo mi cuerpo-

Por Ely, desde Lyon, Francia.

La semana pasada les conté cómo fue mi primer contacto con el yoga. Esta semana, viene la parte más rica y creo, más importante de mi camino. Esa parte duró más o menos 6 meses, y me permitió entender qué, en esa práctica, me atraía tanto.

Entonces, me fui.

Me fui con mi mochila, viajé muchas horas y llegué a Nueva Zelanda. No fui con mat de yoga ni expectativas en cuanto a mi práctica. Poco a poco, estuve descubriendo prácticas que me harían acercarme de

 • Slackline en Gisborne, NZ

Poco después de mi llegada a Nueva Zelanda, llegué a Gisborne, en la costa este de la isla norte. Ahí encontré el hostel más barato de mi historia de viajera en Nueva Zelanda, donde me quedé aproximadamente 2 meses para trabajar. En frente del hostel había una escuela con parque y ahí, después de días largos pasados trabajando, dos chicos del hostel ponían sus slacklines, una cuerda que se ata entre dos árboles, en la cual se camina.

Algunos años atrás, me había subido a un slack muy alto y muy flojo, con lo cual mi primera experiencia había sido muy desagradable y me había dado mucho miedo; es imposible que no se te tiemble la pierna cuando te subís por primera vez y si el slack está alto y muy flojo, la tarea se vuelva casi imposible para una novata.

Slackline en Gisborne, New Zeland, at the Flying Nun Backpacker
Haciendo slack debajo de los árboles en una tarde calurosa de verano, en frente del hostel en Gisborne.

El slack en Gisborne siempre lo ponían bajo y tendido para motivar a las newbies (como yo) a subirse. En algunos días, mucha gente se sumaba: se preparaba mate, se tumbaba en el pasto mirando a los más valiosos subirse, se hacía yoga, se subía al slack, se cantaba y se tocaba ukulele.

Al principio, elegía los momentos con poca gente alrededor. Me daba vergüenza caerme, como a todas, y sin apurarme, subiéndome cada día para probar, fui aprendiendo, y después de una semana me pude mantener sola en un pie. Fue un momento para aprender, para disfrutar las caídas como los primeros pasos, un momento para aprender a ser paciente, a intentar sin expectativas.

NZ para adentro.png
Así pasé la mayoría de mis primeros intentos en el slack: un pie en el suelo, el otro en la cuerda, tratanto de encontrar el equilibrio en un pie.

 

• Más slack y clases de yoga en Wanaka, NZ 

Cuando llegué a Wanaka, ciudad chica con lago y montañas, transformé la horas que había dedicado a trabajar en horas para descubrir: cocinaba mucho, caminaba mucho, saltaba en la cama elástica del lodge donde me quedaba y pasaba muchas horas en el lago, leyendo, escribiendo, y subiéndome al slack.

Un día vi a gente haciendo acroyoga en el pasto cerca de un triángulo de slackline instalado por aficionados y habitués (te dejo un video de acroyoga para ver cómo puede ser, y digo puede ser porque el acroyoga que vi no era tan fluido con en el video). Me dio ganas de volver a hacer yoga; volví a mi profe de yoga de YouTube preferida y empecé a hacer yoga en las alfombras del lodge (todavía no tenía mat!).

Slackline Wanaka, New Zealand
El triángulo de slacklines en el pasto frente al lago. A veces había 3 slacklines y 3 personas subiéndose!

Un poco más tarde decidí ir a un estudio de la ciudad para tomar una clase. Sentía mucha curiosidad y tenía muchas ganas de experimentar más con mi cuerpo. El slack se había vuelto en un momento para concentrarme en mis movimientos, en mi respiración, y el yoga en YouTube se había vuelto en un trailer de lo que podía ser una clase “de verdad”. Una clase salía 15$. Decidí gastarlos; fui a una clase, dos, tres. Me encantó; llegué a un nivel de relación que nunca había experimentado y me encantó descubrir cómo se podía mover mi cuerpo, y que podía hacer mucho más de lo que pensaba.

• Encuentros y aventuras seguidas: lo que seguí haciendo y lo que me quedó

Después de las clases de yoga, veía yoga por todos lados y tenía más ganas aún de seguir descubriendo. Conocí a aficionados  y a profesoras; me quedé en un hostel con centro de meditación; estuve en un taller un día entero donde escuché a un monje explicar las bases de la meditación – en un momento donde estaba dispuesta a escuchar, recibir, intentar.

Fue como si de repente se había abierto puertas a un mundo que estaba justo al lado y al que nunca había prestado atención: el mundo del cuerpo! Si bien hasta el día de hoy me cuesta mucho meditar, el slackline y el yoga me enseñaron y me siguen enseñando a callar la mente para concentrarme en otras cosas, un segundo a la vez, un minuto a la vez, pasito a pasito, hasta llegar a caminar en un slack sin caerme, hasta disfrutar una clase  entera de yoga.

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La vista desde el centro de meditación del hostel, que en verano también sirve de estudio de yoga.

 

Mis experiencias relacionadas al cuerpo en Nueva Zelanda me enseñaron muchas cosas y una sobresale: si bien una nunca puede estar totalmente lista para hacer algo nuevo, hay momentos propicios y otros menos – y creo firmemente que hay que seguir intentando, con cuidado de no forzar. Si no se logra a subir al slack en el primer intento, si no se logra mantener el equilibrio en una pose de yoga desafiante, si no se logra meditar, no importa; lo que sí importa es armarse de paciencia y volver a subirse, seguir intentando. No hay prisas, mientras no haya pausas – esto es lo que importa.

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