Mi primera experiencia con Couchsurfing: tolerancia y amistades

Por Ely, desde Lyon, Francia.

Cuando me hablaron de Couchsurfing por primera vez, creo que sentí dos cosas: la ansiedad y el miedo. Miedo de qué pasa si…? y ansias de qué ganas de fundirme en la masa de locales y tener una vista en primera fila de lo que es esta cultura.

Yo soy la primera de 3 hijas y nací en noviembre, al principio del invierno en Europa; así que cuando quise viajar sola, tuve que esperar hasta cumplir mis 18 años (lo que no pasó con la última de nosotras tres, por supuesto…) y esperar más de 6 meses más para poder armar la mochila y comprar mi primer pasaje de avión.

Decidí ir a Ucrania porque quería hacer un voluntariado; como era mi primera vez, me había empezado a fijar muy tarde para la “industria” y sólo quedaban los países europeos a los que nadie quería ir, o los países mucho más lejos de Francia, adonde no podía ir porque no tenía el dinero suficiente para llegar (y me parecía algo tonto pagar tanto para quedarme 1 mes ahí, como mucho).

Quedaba Ucrania y otros países de por ahí, los países que una no suele conocer cuando vive en Europa del oeste. Decidí ir, con esa curiosidad de la viajera intrépida; no me importaba adónde, quería conocer, ir a ver, descubrir, aprender, y lo quería hacer yo sola.

Cuando empecé a contar que me iba un mes a Ucrania, nadie entendió, y menos aún cuando conté que iba a intentar hacer CouchsurfingVos estás loca, me decían, o pero qué carajo vas a hacer en Ucrania, no hay nada ahí, y no hablas el idioma, y una lista entera de comentarios cada uno más lleno de desconfianza que el otro.

Unos días antes de irme, me sucribí a Couchsurfing.com, llené mi perfil, muy entusiasmada, y escribí uno de esos mensajes públicos donde contás cuando vas a viajar y adónde, para que los huéspedes te puedan contactar si quieren alojarte.

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Anna, mostrándome donde caminamos durante la tarde.

La chica que ven la fotos de instagram fue la que me escribió. Me contó que era nueva en CS y que me podía alojar por las 2 noches que necesitaba; leí su perfil y me di cuenta de que teníamos muchas cosas en común. La añadí a Facebook y planeamos nuestro encuentro.

Así de fácil fue.

Nos encontramos en pleno centro de Kiev, yo acompañada de un Francés que vivía en Kiev, que me había cruzado en el avión, perdida entre Ucranianos y Letones, sin plata en efectivo para comprarme un pasaje de bus ni de metro para llegar a mi destino (error típico de novata).

No sé si algunas cosas están escritas, si cada una tenemos un destino, si las planetas se alínean, o si simplemente existe la suerte, pero conectamos al instante. Nos reímos como si hubiéramos sido amigas de toda la vida, con millones de cosas y teorías sobre la vida para compartir; comparamos tradiciones; me contó sobre la Unión soviética (fue mil veces más interesante que escucharlo en clase); me habló de la religión de su país; me enseñó la diferencia entre las 3 Ls que tienen en ucraniano y las letras del alfabeto; caminamos por su ciudad y nos reímos más y más.

Casa Kiev Ucrania montaña
En Kiev, algunas casas son muy coloridas, algo que no me esperaba.

Me fui al voluntariado unas semanas, y mis últimas 2 noches también las pasé en su casa, y nos fuimos a comer en el restaurante Puzata Hata que me había fascinado tanto, y como si ese lugar hubiera sido el de nuestros re-encuentros desde hacía mil años.

Anna se volvió en una compañera y amiga de viaje. Me vino a visitar a Bruselas y viajamos a Amsterdam (con CS, por supuesto), donde conocimos los famosos coffee shops y nos equivocamos de tranvía; me vino a visitar cuando vivía en Valencia, España y viajamos a Barcelona (también con Cs), donde aprendimos a hacer paella con el Catalán que nos recibió; cada vez viviendo aventuras con risas y sonrisas.

Y más importante, creo, en mi mente, miles de puertas se abrieron. Mi mirada sobre la Unión soviética se hizo más humana; mi oreja se acostumbró al ruso y al ucraniano; me di cuenta de que lo que no conocía no era tan lejos de mí: en Ucrania, también la gente se va de vacaciones a esquiar si puede, también desayuna a la mañana y toma el metro para ir al trabajo, sale con amigos y le gusta reírse…

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Probando la comida local. Me dio vergüenza sacar fotos de mi comida (por eso la foto está borrosa), los locales ya me estaban mirando, que en un país como Ucrania (de ojos azules, pieles blancas y sin turistas otros que rusos) llamaba la atención, con mi piel y mi pelo morocho…

Y todo eso lo pude ver tras mi amiga, Anna, mi amiga de CS, que me dejó escucharla, que se abrió a mí, que quiso compartir y alojarme justo por eso. Gracias a CS y gracias a ella, me di cuenta de que el mundo no es tan grande como lo creemos, que somos mucho más parecidas de lo que pensamos, que somos todas humanas y que hay que seguir viajando, seguir compartiendo, para hacer crecer ese respeto y esa tolerancia que sentimos hacia la otra.

Ustedes también se hicieron amigas viajando con CS? O al revés, tuvieron malas expericencias? Contannos sus aventuras en los comentarios!

-Ely

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