Malas rachas (escritura catártico-reflexiva)

Bruselas, 3am a la intemperie, justo cuando parecía que la espera no podía hacerse más larga, empezó a lloviznar.

Cada tanto en la vida viajera suceden  escenas como esta. Las pérdidas de colectivos, las noches a la intemperie, las esperas eternas siguen apareciendo una y otra vez, en cada lugar, en cualquier momento. A veces, estos tropiezos devienen en encuentros fantabulásticos, ya sea con gente nueva, con la buena suerte o con una misma; pero otras veces se quedan en esas sensaciones de apuro, sueño,bronca, frío. ¿ Qué  es lo que hace que unas veces sean unas y otras veces sean otras? Ese sí que es un misterio del universo, cada vez es única y la línea que divide la aventura de la catástrofe no llega a ser demasiado clara.

Esta vez estábamos más de catástrofe que de aventura debo reconocer. Quizás fue porque no me gusta el frío, o porque en Bruselas llovía, o porque en general me gusta dormir. Quizás fue porque la decisión de viajar de noche fue tomada “estratégicamente” para ahorrarnos una noche de hostel, sin considerar ni un poquito el factor jet lag o necesidad de sueño o cambio de clima. Quizás fue porque pasamos de transpirar  en un pueblito caribeño a no sentir la nariz del frío en una ciudad europea. O hasta quizás fue porque por llegar 10 minutos tarde, tuvimos que esperar  6 horas.

La cuestión es que ahí estábamos, con todo el abrigo que podíamos encontrar, mirando los relojes de los celulares que obviamente no querían avanzar. Esperando que ese momento pasase a ser anécdota de una vez por todas.

Y entonces, entre tanta espera, se me activaron parte de los “yoes” que ando cargando por el mundo.

Mi Yo más supersticiosa empezó a considerar que quizás no debería estar haciendo eso, que no había escuchado la señal tal o cual que tan claramente me avisaba que este no era el camino.Y mi versión más optimista  intentaba hacerla ver cómo, en realidad, ese momento tenía su lado taaaan  positivo (tratando de pensar que estuvo bueno porque sino nunca hubiese conocido a ese señor de Latvia, que en realidad resultó ser una especie de cura conservador al que le entendí una de cada ocho palabras). Todo esto, mientras  mi Yo más enojona pataleaba y se quejaba (porque cuando la cosa viene seria, patea y golpea puños con la intensidad dramática de Andrea del Boca y la fuerza de un bebé de 5 meses) . Y mi Yo kármica -que todo lo explica con “algo mejor vendrá”-, intentantaba conectar con que esto significaba una deuda menos con el karma mundial, que ahora me tocaba prepararme para toooodo lo bueno que Europa me iba a dar.

Y  en eso, apareció mi Yo  obsesiva nivel Freud, que repasaba un mundo de hubieses que me envolvía rápidamente en una frustración más terrible. Me decía que esto que estaba pasando era todo -todito-  mi responsabilidad: que yo lo podría haber evitado saliendo antes del hostel, que lo podría haber manejado mejor chequeando los horarios online, que- al menos- lo podría estar llevando con mejor humor.

Y ahí, justito ahí: donde el “podría” aparece, se complica todo. Porque entonces el frío, el cansancio, las horas a la intemperie, todo todo resulta innecesario, porque en ese imaginario mundo de las buenas decisiones, nada de eso debería estar sucediendo. Y  lo peor de todo es que, como me suele agarrar desprevenida, me lo creo y  hace desaparecer la confianza en mi propio instinto, en mi capacidad para tomar decisiones, en mis habilidades para enfrentar situaciones poco placenteras.Y ya no se trata de noches en estaciones de trenes en Bruselas frías y lluviosas; una vez que apareció el “podría”, se trata de ser incapaz para planificar un viaje, de chequear un horario, de elegir bien.

Y  aunque muchas veces me tienta elegir (y a veces elijo) en base a ese mundo imaginario  donde todo “podría” salir perfecto; de a poco (y de a ratos) entiendo que puedo aceptar que hay una buena parte de la vida que no es, ni podría ser, perfecta.

Así que acá me tienen, muchos días después de ese episodio de Bruselas, en plena Dinamarca justo en uno de esos días en donde nada sale como podría haber salido . Un día como esos que desde la incomodidad de los pequeños desaciertos me dan la inspiración suficiente para terminar este escrito necesario, este despliegue catártico que transforma mis furias de malos días en un recordatorio de lo que quiero seguir aprendiendo a aprender.

-Valentina

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