caminito slow -bajar un cambio-

por Valentina , desde una habitación recién re-ordenada en Dinamarca.

A mi siempre me gustaba andar a mil, describir mis días en base a una lista interminable de actividades llevadas a cabo una atrás de otra, sin descanso, sin parar. Entonces me sentía muy orgullosa  cuando me preguntaban que había hecho ese día, porque podía hablar de al menos cinco actividades diferentes, en distintos lugares y todas “muy productivas”.

Debo decir que estuvo bien mientras duró, que ese ritmo me permitía trabajar, estudiar, militar, jugar, amar, viajar. Aunque también debo decir que llegó un momento en que ya no era tan divertido saltar de una actividad a otra, de pasar de un cansancio al otro; que ya no me gustaba vivir al borde del agotamiento absoluto, desafiando relojes para al final siempre llegar tarde (y muy cansada) a todos lados

Y vino Nueva Zelanda, llevándome a hacer cosas que nunca había hecho, mostrándome una Valentina diferente. Mostrándome no solo que podía no ser  “buena” en mis trabajos, sino que hasta podía ser la más lenta de la fábrica entera . Digo que fue NZ, pero en realidad podría haber sido cualquier lugar del mundo, porque lo que cambió fue mi manera de estar; me tocó salirme de todo lo conocido, ocupar mi día en un lugar donde no existían marchas, talleres, compromisos, ni reuniones que  llenaran mis horas. Por primera vez estaba ahí yo solita, sin universidad, sin barra de amigas, sin familia cercana ni lejana; estaban mis horas de trabajo, mi compañero y yo, y Nueva Zelanda.

La cuestión es que cuando se descomprimieron las horas, y las actividades no se superponían, me di cuenta de varias cosas. Me dí cuenta de que podía llegar a los lugares no sólo a tiempo sino que sin correr como loca, que podía cocinar algo rico que no fuera una pizza,  y  que podía terminar el día sin tantas cosas hechas a medias,  podía hacer los “debería” que siempre me aturdían y nunca concretaba (salir a caminar, leer libros, dormir suficiente). Me dí cuenta de que se podía andar en otro ritmo. Y me gustó.

Entonces, cuando volví a Argentina -ya casi sin trabajo, con todas mis amigas haciendo su historia, con mi familia reconfigurada-  intenté mantener ese concepto de no correr tanto, de llegar a tiempo, de no apilar tareas en mi agenda, de no ofrecerme para millones de actividades. Y funcionó: empecé a llegar a tiempo, seguí durmiendo, cada tanto podía salir a caminar sin tener que contar los minutos. Y empecé a cocinar una vez a la semana, y a comer más sano. Y dejé de trabajar hasta las 5 de la mañana, y empecé a levantarme más temprano para disfrutar  de la mañana.

Y aunque sigo rosqueando (pensando y pensando cada cosa), y  a veces quiero hacer más de lo que puedo, hay un caminito que puedo retomar, una opción de bajar un cambio. Y básicamente es esa opción la que me permite hoy formar parte de este espacio con Ely, con ese contrato que ella tan claramente describió esta semana; con esa tranquilidad de que está todo bien.

Es un poco esa certeza de que no se caen puentes ni se incendian ciudades si no publicamos cada semana, de que no se inunda Dinamarca si no logro leer mi libro antes de fin de mes. Y aunque pensaba escribir un artículo más específico de la Working Holiday, apareció este que  aunque no hable de empaquetar  frutas ni de conseguir casa en el extranjero;  medio que  nace allá  entre muchas cajas de kiwis , en una de esas casas que alquilamos en el extranero-

 

 

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